sábado, 3 de noviembre de 2012

Dios es negro



El contenido de la teología

James Cone

(Teólogo norteamericano, n. 1938)


1. La liberación como contenido de la teología

La teología cristiana es teología de la liberación. Es el estudio racional del ser de Dios en el mundo, a la luz de la situación existencial de la comunidad oprimida, relacionando las fuerzas de la liberación con la esencia del evangelio, que es Jesucristo. Esto significa que la única razón de ser de la teología está en traducir a lenguaje ordenado el significado de la acción de Dios en el mundo, en términos que lleven a la comunidad de los oprimidos a reconocer cómo su impulso interior hacia la liberación no sólo armoniza con el evangelio, sino que es el evangelio de Jesucristo. No puede haber teología cristiana, si no se identifica sin reservas con los humildes y vilipendiados. De hecho, la teología deja de ser teología del evangelio cuando no surge del seno de la comunidad de los oprimidos. Porque es imposible hablar del Dios de la historia de Israel, que es el Dios revelado en Jesucristo, sin reconocer que es un Dios de y para los que sufren y están cargados.

Con lo que quedan en claro la perspectiva y orientación del presente estudio. Al lector le asiste el derecho de saber, desde el principio, lo que a nuestros ojos es importante.  Tendremos que convalidar la presente definición y los supuestos en que se basa, mediante la elaboración de una teología, a la que habrá que juzgar en función de su consistencia con el concepto de lo último importante que la comunidad se forja. De momento, empecemos explorando algunas consideraciones preliminares de nuestra definición.

La definición de la teología como disciplina que trata de analizar la naturaleza de la fe cristiana a la luz de los oprimidos, surge primordialmente de la propia tradición bíblica.

1. Aunque no resulte del todo claro por qué Dios eligió a Israel para ser su pueblo, un punto es evidente: la elección es inseparable del acontecimiento del Éxodo.

Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos… (Ex 19:4-5a).

Ciertamente esto significa, entre otras cosas, que el llamamiento de Dios a su pueblo se relaciona con su condición de oprimido y con la propia acción liberadora de Dios manifestada en el Éxodo. ¡Ya habéis visto lo que he hecho! Liberando al pueblo del cautiverio egipcio e instaurando la alianza sobre la base de este acontecimiento histórico, Dios revela que es Dios de los oprimidos, que está comprometido en su historia y que los libera de las servidumbres humanas.

2. Las etapas ulteriores de la historia de Israel nos muestran también que Dios se preocupa, de manera particular, por los oprimidos dentro de la comunidad de Israel. El surgimiento de la profecía en el Antiguo Testamento se debe, en primer término, a la falta de justicia en el seno de la comunidad. Los profetas de Israel son profetas de la justicia social y recuerdan al pueblo que Yavé es autor de la justicia. En este contexto, importa destacar que la justicia de Dios no es una cualidad abstracta del ser de Dios, como ocurre en la filosofía griega. Significa, en cambio, el compromiso activo de Dios en la historia enderezando lo que los hombres han torcido. En Israel, es tema constante de la profecía la preocupación de Yavé por la falta de justicia social, económica y política frente a quienes son pobres y desvalidos en la sociedad. Según la profecía hebrea, Yavé no tolerará la injusticia frente al pobre; a través de su acción los pobres se verán vindicados. Una vez más Dios se revela a sí mismo como Dios de liberación para los oprimidos.

3. En el Nuevo Testamento, Jesús reafirma el tema veterotestamentario de la liberación. El conflicto con Satanás y las potencias, la condenación de los ricos, la insistencia en que el reino es para los pobres y el cumplimiento del ministerio entre los mismos: todas estas y otras características de la vida de Jesús muestran que su obra se dirigía a los oprimidos con miras a su liberación. Sugerir que Cristo hablaba de una liberación “espiritual“, implica no tomar en serio la visión de Jesús sobre el hombre, visión que es cabalmente hebrea. Entrar en el reino de Dios vale lo mismo que ser Jesús la lealtad última del hombre, porque Jesús es el reino. Y entender así la existencia humana en el mundo conlleva implicaciones de largo alcance para las instituciones económicas, políticas y sociales, las que en adelante no podrán reclamar el interés último del hombre; el hombre ha sido liberado y, por tanto, es libre para rebelarse contra todos los poderes que amenazan la vida del hombre en el reino. Y esto es lo que tenía Jesús en mente cuando dijo:

El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4:18-19).

Si tenemos ante los ojos el énfasis bíblico en la liberación, nos parece que resulta no sólo apropiado sino también necesario definir la comunidad cristiana como la comunidad de los oprimidos que se unen a Cristo en la lucha del Señor por la liberación de los hombres. Por consiguiente, la tarea de la teología es explicitar la acción liberadora de Dios en términos que hagan ver a quienes sufren bajo poderes esclavizantes cómo las fuerzas de liberación son acción del propio Dios. Nunca la teología cristiana se reducirá a mero estudio racional del ser de Dios. Será, en cambio, estudio de la acción liberadora de Dios en el mundo, de su acción en favor de los oprimidos.

Si la historia de Israel y la descripción del Jesús histórico del Nuevo Testamento nos revelan que Dios es un Dios identificado con Israel porque es una comunidad oprimida, la resurrección del Señor significa que todos los pueblos oprimidos son en adelante pueblo de Cristo. De aquí arranca la nota de universalidad que encierra el mensaje evangélico. El acontecimiento de la resurrección expresa que la obra liberadora de Dios beneficia no sólo a la casa de Israel sino a cuantos gimen bajo la esclavitud de los poderes y principados. La resurrección nos trae la esperanza en Dios. Y esta esperanza no es claramente la “esperanza” que promete una recompensa en el cielo como solaz y recompensa de los dolores causados por la injusticia en la tierra. Es, en cambio, la esperanza que se centra en el futuro con el fin de que los hombres se nieguen a tolerar las iniquidades presentes. Ver el futuro de Dios cual se revela en la resurrección de Cristo, es ver también la contradicción de toda injusticia terrena con la existencia de Cristo. Y por eso Camilo Torres estaba en lo cierto cuando describía la acción revolucionaria como “una lucha cristiana y sacerdotal”.

La tarea, pues, de la teología cristiana es analizar el significado de la esperanza en Dios en términos que enfervoricen a la comunidad oprimida de una sociedad hasta determinarla a arriesgarlo todo por la libertad terrena que la resurrección de Cristo ha hecho posible. El lenguaje de la teología lanza un desafío a las estructuras de la sociedad porque es inseparable de la comunidad sufriente. La teología nunca podrá ser neutra ni dejar de tomar partido cuando está en el tapete la condición de los oprimidos. Por esta razón nunca puede la teología perder el tiempo hablando de Dios, sin tener ante la vista los elementos del vivir humano que amenazan la existencia del hombre como persona. Diga lo que dijere acerca de Dios y el mundo, la teología debe brotar de la única fuente que es la razón de su existir como disciplina: ayudar a los oprimidos en su liberación. Su lenguaje deberá ser siempre palabra de liberación humana que proclame el fin de las servidumbres e interprete las dimensiones religiosas de la lucha revolucionaria.

2. Liberación y teología negra

Por desgracia, la teología blanca estadounidense no se ha comprometido en la lucha por la liberación negra. Básicamente ha sido una teología del opresor blanco sancionando, desde la religión,ue es el Dios de los oprimidos, toma partido junto al pueblo negro. No permanece ciego al color en la lucha de blancos y negros, y se ha identificado sin reservas con el pueblo negro. Y esto implica que el movimiento por la liberación negra es obra del mismo Dios, quien cumple su voluntad entre los hombres.

En tercer lugar, son ciertamente muchos los que sufren y no todos son negros. A muchos liberales blancos les encanta recordar a los militantes negros que las dos terceras partes de los pobres de los Estados Unidos son blancos. Podríamos señalar lo que esto implica: que la proporción de negros pobres es cinco veces mayor que la de blancos pobres, si consideramos la población total de cada grupo. Pero no entra en nuestro propósito polemizar con los liberales blancos sobre este punto, pues a la teología negra no le interesa minimizar el sufrimiento de los demás, aunque sean blancos. El único propósito de la ro en una sociedad racista blanca. La teología negra surge de la necesidad que siente el hombre negro de liberarse a sí mismo del opresor blanco. Es una teología de liberación que brota de la identificación con los negros oprimidos de los Estados Unidos e intenta interpretar el evangelio de Cristo a la luz de la condición negra. Cree que la liberación del pueblo negro es la liberación de Dios.

Por consiguiente, la tarea de la teología negra consiste en analizar la naturaleza del evangelio de Jesucristo a la luz del pueblo negro oprimido, con el propósito de que los negros miren al evangelio como algo inseparable de su condición de humillados y que sobre ellos derrama el poder necesario para quebrantar las cadenas de opresión. Lo que denota que es una teología de la comunidad negra y para la comunidad negra, que trata de interpretar las dimensiones religiosas de las fuerzas de liberación en el seno de esa comunidad.

Dos son las razones por las que la teología negra es teología cristiana y, al parecer, la única expresión de teología cristiana en los Estados Unidos. La primera, que no puede haber teología del evangelio si no surge del seno de una comunidad oprimida. Y esto es así porque, en Cristo, Dios se revela a sí mismo como el Dios cuya justicia está inseparablemente unida al débil y al desvalido en la sociedad humana. El propósito que orienta a la teología negra es interpretar la acción de Dios en cuanto Dios se relaciona con la comunidad de los negros oprimidos.

En segundo lugar, la teología negra es teología cristiana porque se centra en Jesucristo. No hay teología cristiana si no toma a Jesucristo como punto de partida. Aunque la teología negra afirme la condición negra como dato primario con el que hay que contar, esto no significa negar lo absoluto de la revelación de Dios en Jesucristo. Más bien connota lo contrario. Y mientras la teología blanca tiende a hacer  del acontecimiento de Cristo una idea intelectual y abstracta, la teología negra cree que la comunidad negra es precisamente el espacio donde todavía obra hoy Cristo. En los Estados Unidos del siglo veinte, el acontecimiento crístico es un acontecimiento negro, un acontecimiento de liberación que está ocurriendo en la comunidad negra, donde el negro descubre que es incumbencia suya romper las cadenas de la opresión blanca por cuantos medios estime conducentes. Esto es lo que la revelación de Dios significa para blancos y negros en Estados Unidos y ésta es la verdadera razón, justa y cabal, de que la teología negra sea la única viable en nuestro tiempo.

No faltará quien pregunte: «¿Por qué una teología negra? ¿No es Dios acaso ciego a los colores? ¿Y no es verdad que hay otros que sufren tanto, y en algunos casos, más que los negros?» Estas preguntas manifiestan una incomprensión básica de la teología negra y, al propio tiempo, una visión muy superficial del mundo en general. Por lo menos tres puntos cabe destacar a este propósito.

Primero, en una situación revolucionaria nunca se trata de pura y mera teología. Nos hallamos siempre ante teología identificada con una comunidad determinada. Y lo estará con quienes oprimen o con quienes son víctimas de la opresión. La teología de estos últimos es auténtica teología cristiana; la de los primeros es teología del Anticristo. En la medida, pues, en que la teología negra es teología que surge de la identificación con la comunidad de los negros oprimidos y trata de interpretar el evangelio de Jesucristo a la luz de la liberación de esa comunidad, es teología cristiana. Y la teología blanca estadounidense es teología del Anticristo, en la medida en que surge de la identificación con la comunidad blanca derramando aprobación de Dios sobre la opresión blanca de la existencia negra.

En segundo lugar, en una sociedad racista, Dios nunca permanece ciego al color. Decir que Dios es ciego al color equivale a decir que es ciego a la justicia y a la injusticia, a lo recto y a lo torcido, al bien y al mal. En verdad, no es ésta la imagen de Dios que nos transmiten el Antiguo y el Nuevo Testamento. Yavé toma partido. Por una parte, lo hace frente a y por Israel contra los cananeos durante el establecimiento del pueblo en Palestina. Por otra, en el seno de la comunidad israelita, toma partido por los pobres contra los ricos y demás opresores políticos. En el Nuevo Testamento, Jesús no es para todos, sino para los oprimidos, los pobres y los desvalidos de la sociedad, y está contra los opresores. El Dios de la tradición bíblica no es un Dios sin compromiso o neutral ante los asuntos humanos; lo contrario es la verdad: Dios es un Dios que se compromete, y bastante. Es un Dios que actúa en la historia humana, que toma partido junto a los oprimidos de la tierra. Si Dios no se comprometiera en los asuntos humanos, toda teología sería inútil y el propio cristianismo se convertiría en una farsa, en pasatiempo hueco y sin sentido.

El significado que este mensaje encierra para nuestro tiempo resulta, pues, obvio: Dios, porque es el Dios de los oprimidos, toma partido junto al pueblo negro. No permanece ciego al color en la lucha de blancos y negros, y se ha identificado sin reservas con el pueblo negro. Y esto implica que el movimiento por la liberación negra es obra del mismo Dios, quien cumple su voluntad entre los hombres.

En tercer lugar, son ciertamente muchos los que sufren y no todos son negros. A muchos liberales blancos les encanta recordar a los militantes negros que las dos terceras partes de los pobres de los Estados Unidos son blancos. Podríamos señalar lo que esto implica: que la proporción de negros pobres es cinco veces mayor que la de blancos pobres, si consideramos la población total de cada grupo. Pero no entra en nuestro propósito polemizar con los liberales blancos sobre este punto, pues a la teología negra no le interesa minimizar el sufrimiento de los demás, aunque sean blancos. El único propósito de la teología negra es discernir la acción del Santo de los Santos en los pasos con que cumple su propósito de liberar al hombre de las fuerzas de la opresión. Tenemos que llegar a una decisión en cuanto al lugar donde Dios actúa si de verdad queremos sumarnos a su lucha contra el mal. Pero, para esto no contamos con una guía acabada que nos permita discernir el movimiento de Dios en el mundo. Muy al contrario de lo que piensan muchos conservadores, la Biblia no brinda aquí un mapa. Es ella ciertamente un símbolo valioso para descubrir la revelación de Dios en Cristo, pero no un símbolo que se auto intérprete. Nos encontramos, pues, lanzados a una situación existencial de libertad y sobre nuestros hombros recae el peso del a decisión, sin garantías de una guía ética certificada. Tal es el riesgo de la fe. Para el teólogo negro, Dios actúa en la comunidad negra, vindicando al negro de la opresión blanca. Dios no puede permanecer indiferente en este punto. O está con el negro en su lucha por la liberación y contra los opresores blancos, o no está con el negro. Pero no puede estar con nosotros y con el opresor blanco al mismo tiempo.

A este propósito observemos que la teología negra toma muy en serio la descripción que Paul Tillich traza de la naturaleza simbólica del discurso teológico. El hombre no puede describir a Dios directamente; tiene que recurrir a símbolos que apunten hacia aquellas dimensiones de la realidad sobre las que no cabe hablar literalmente. Al hablar, pues, de teología negra lo hacemos teniendo ante la vista la manera de entender el símbolo que nos propone Tillich. El que el foco de la atención se centre en la negritud no significa que solamente los negros sufran y sean víctimas en una sociedad racista, sino que la negritud es el símbolo ontológico y la realidad visible que mejor describe lo que la opresión es en los Estados Unidos. El exterminio de los indios, la persecución de los judíos, la opresión de los mexicanos estadounidenses y cuanta inhumanidad se ha cometido en nombre de Dios y de la Patria, todas estas brutalidades podemos analizarlas en términos de la incapacidad que los Estados Unidos para reconocer la humanidad de los negros. Si los oprimidos de esta tierra quieren levantar bandera contra el carácter opresivo de la sociedad blanca, tendrán que empezar por afirmar su identidad en términos de la realidad que es antiblanca. Por ello, la negritud se alza en nombre y en favor de todas las víctimas de la opresión, las que descubren que su humanización está indisolublemente unida a que el hombre se libere de la blancura.

Con la definición de la negritud que hemos dado, resulta obvio que ella es el símbolo que más adecuadamente señala las dimensiones de la acción de Dios en los Estados Unidos. Y mientras este país busque hacer de lo blanco el poder dominante en el mundo entero, la blancura será el símbolo del Anticristo. La blancura simboliza la acción de los hombres descaminados, a quienes tanto preocupa la imagen que se forjan de sí mismos que no perciben hasta qué punto son ellos lo malo para el mundo. La teología negra intenta analizar la naturaleza satánica de la blancura y, haciendo esto, prepara a todos los no blancos para la acción revolucionaria.

Notemos de paso que al blanco no le asiste razón si intenta cuestionar la legitimidad de la teología negra. Preguntas como: «¿De veras cree usted que la teología es negra?», o: ¿Qué pensar de los demás que sufren?», son producto de mentes incapaces de pensamiento negro. Y no nos sorprende que quienes rechazan la negritud de la teología, sean por lo común blancos que no cuestionan el Cristo blanco de ojos azules. No podemos admitir ni siquiera la posibilidad de que los blancos se inquieten ante la teología negra so pretexto de que no se interesa por los otros que sufren. Al opresor no le preocupa genuinamente ningún grupo oprimido. Parecería, más bien, que el rechazo blanco de la teología negra brota de otra fuente; se dan cuenta de las implicaciones revolucionarias que encierran letras tan simples: rechazo de la blancura, negativa a vivir bajo el yugo de la misma, identificación de la blancura con el mal y de la negritud con el bien.

3. Teología negra y comunidad negra

Casi todos los teólogos aceptan que la teología es una disciplina eclesiástica, estos es, una disciplina que funciona dentro de los límites de una comunidad cristiana. Este es uno de los aspectos por los que la teología se distingue de la filosofía de la religión. Esta no se circunscribe a una comunidad: es el intento individual de analizar la naturaleza de la realidad última mediante el solo pensamiento racional, echando mano para ello de elementos de diversas religiones.

Si aplicamos a nuestro caso esta descripción, resulta evidente hasta qué punto la teología blanca estadounidense ha servido a los opresores. A través de toda la historia del país, desde los puritanos hasta los teólogos de la muerte de Dios, los problemas teológicos que emanan de las Iglesias y escuelas de teología blancas se han definido en términos que no guardan relación con el problema de ser negro en una sociedad racista blanca. Pero, al definir los problemas cristianos con independencia de la condición negra, la teología blanca se ha convertido en teología del opresor blanco, y ha entrado a funcionar como dispensadora de sanción divina frente a cuantos actos criminales se cometen contra el pueblo negro. Para analizar la acción de Dios en los Estados Unidos de hoy, nunca un teólogo blanco ha recurrido a la opresión del pueblo negro como punto de partida. Al parecer, los teólogos blancos no ven vínculo alguno entre blancura y mal, y entre negritud y Dios. Y los teólogos blancos, si algunos intentan escribir libros sobre el pueblo negro, fracasan también ellos invariable y lamentablemente en cuanto a decirle a la comunidad algo que sea en verdad importante para su acucia por quebrantar el poder del racismo blanco. Por lo general piensan dichos autores que basta escribir libros para estar calificado como experto en humanidad negra. Y el resultado salta a los ojos vista: son tan arrogantes como George Wallace y se creen con autoridad para enseñarle al pueblo negro lo que es “mejor” para él. No nos sorprenda si lo “mejor” son siempre las vías no violentas, las que menos amenazan los intereses políticos y sociales de la mayoría blanca.

Puesto que la teología blanca ha mantenido sin desmayos la integridad de la comunidad de los opresores, concluyamos que esta teología no merece llamarse teología cristiana. Cuando hablamos de Dios y de la manera en que se relaciona con el hombre en la lucha de negros y blancos, sólo merece el nombre de teología cristiana la teología negra, la teología que habla de Dios y de la manera de relacionarse Dios con la liberación negra. Si aceptamos que el evangelio de Dios es la proclamación de la acción liberadora de Dios; si la comunidad cristiana es la comunidad oprimida que participa en esa acción, y si la teología es la disciplina que nace en el seno de la comunidad cristiana cuando ésta intenta desarrollar un lenguaje adecuado que traduzca su relación con la liberación de Dios: si esto es verdad, la teología negra es teología cristiana.

Ni concebirse puede una mínima capacidad en los opresores para identificarse con el ser y la existencia de los oprimidos y para decir algo significativo sobre la liberación por Dios de los oprimidos. Para ser cristiana, la teología blanca debería dejar de ser blanca y transformarse en teología negra, renegando de la blancura como forma adecuada del existir humano y afirmando la negritud como la intención de Dios para la humanidad. Ni decir tengo lo difícil que les será esto a los teólogos blancos; por lo que cabe esperar que no faltarán quienes critiquen la teología negra precisamente en este punto. Tales críticas pondrán de manifiesto no la debilidad de la teología negra, sino el carácter racista de la crítica.

La teología negra no debe perder mucho tiempo tratando de contestar las críticas, pues sólo ha de responder ante la comunidad negra. Negándose a dejarse separar de esa comunidad, la teología negra procura articular la autodeterminación teológica del pueblo negro brindando a la revolución negra de los Estados Unidos algunas categorías éticas y religiosas. Afirma que todo actuar que tienda a destruir el racismo blanco, es cristiano y hazaña liberadora de Dios. Todo obrar que impida la lucha por la autodeterminación negra –Poder Negro– es anticristiano y obra de Satanás.

La situación revolucionaria obliga a la teología negra a dejar de lado todos los principios abstractos acerca de lo “recto” o “equivocado” del curso por seguir. Sólo un principio guía el pensamiento y el obrar de la teología negra: una entrega sin reservas a la comunidad negra como comunidad que trata de definir la propia existencia a la luz de la obra liberadora de Dios en el mundo. Y esto significa que la teología negra se niega a dejarse guiar por ideas y conceptos ajenos al pueblo negro. Acepta la nota de “irracional” con que los blancos motejarán el pensamiento negro. Al no comprender la condición del oprimido, el opresor no está capacitado para comprender los métodos que aquél emplea en la liberación. A los amos de esclavos siempre les resulta incomprensible la lógica de la liberación. Desde su posición de poder, el amo nunca entenderá lo que los esclavos denotan con la palabra “dignidad”. La única dignidad que ellos reconocen es la de matar esclavos, como si su humanidad de amos dependiese de la esclavitud de los demás. A la teología negra no le interesa entrar en polémicas con quienes mantienen esta perspectiva. Levantando su voz en nombre de la comunidad negra, la teología negra dice con Eldridge Cleaver: «Tendremos nuestra humanidad. La tendremos… o quedará la tierra reducida a escombros en nuestro intento de obtenerla».

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Texto tomado de:
James Cone,
Teología Negra de la Liberación,
Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé, 1973,
Cap. 1.

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