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lunes, 11 de agosto de 2014

Simone Weil: filósofa, cristiana y revolucionaria

Simone Weil fue una gran filósofa cristiana, nació en París en 1909 y murió en Inglaterra en 1943, con apenas treinta y cuatro años de edad. Fue una pensadora revolucionaria y sumamente solidaria con los pobres, quien para conocer de primera mano el sufrimiento de éstos, renunció a su cátedra universitaria y trabajó en varias fábricas como obrera, experiencia que minó su salud, ya de por sí frágil. Años después, se enroló en la resistencia española contra el gobierno del general Franco.

En cuanto a su experiencia religiosa, Simone provenía de una familia judía, pero se convirtió al catolicismo, aunque nunca quiso bautizarse, pues consideraba que esto la separaría del mundo, y ella quería servir a Dios entre los no creyentes, conviviendo con ellos y amándolos como son. A un sacerdote que la exhortaba a recibir las aguas del bautismo, le escribió:

“Cuando me represento de manera concreta y como algo que podría estar próximo el acto por el que entraría en la Iglesia, ningún pensamiento me causa más pena que el de separarme de la inmensa y desdichada masa de los no creyentes. Porque deseo conocerlos para amarlos tal y como son, tengo la necesidad esencial y, creo poder decirlo, la vocación de pasar entre los hombres y los distintos medios humanos confundiéndome con ellos, tomando el mismo color, al menos en la medida en que la conciencia no se opone a ello, y con el fin de que se muestren tal y como son, sin encubrirse para mí. Porque si no los amo así, no es a ellos a quienes amo y mi amor no es verdadero”.[1]

Y ante la idea de servir a Dios vistiendo un hábito religioso, Simone Weil exclama: “Creo que en ningún caso entraré en una orden religiosa para que no me separe un hábito del común de los hombres”.[2]

Qué hermosa manera de vivir la fe cristiana, no separándose del mundo, sino permaneciendo en él para amar a los hombres que viven en él. Simone Weil es un respuesta práctica a la plegaria de Jesucristo cuando, orando por sus discípulos, dijo al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”.[3]

Seres como Jesucristo, como los apóstoles, como Simone Weil, no son del mundo, porque no piensan como la gente del mundo; pero permanecen en él, porque el mundo los necesita y ellos aman grandemente al mundo.







[1] Conspiratio 03 (México, enero-febrero 2010, año 1), p. 28.
[2] Ibidem.
[3] Evangelio de San Juan 17:15-16.

jueves, 25 de octubre de 2012

El cristianismo de Gandhi


Sobre el Sermón de la Montaña
Mahatma Gandhi

Conocí la Biblia hace alrededor de cuarenta y cinco años. No podía encontrar un gran interés en el Antiguo Testamento, pero cuando llegué al Nuevo Testamento y al Sermón de la Montaña empecé a comprender la enseñanza de Cristo, y el mensaje del Sermón de la Montaña hizo eco con algo que había aprendido en mi infancia. Esta enseñanza era no vengarse y no devolver mal por mal.

De todo lo que leía, lo que se me imprimió para siempre es que Jesús vino para establecer una nueva ley. Sin duda dijo que no había venido para traer otra ley sino para injertar algo en la vieja ley de Moisés. Y, desde luego, la cambió de tal modo que se convirtió en una ley nueva: ya no ojo por ojo y diente por diente, sino estar dispuesto a recibir dos golpes si te dan uno, y a hacer dos kilómetros si te piden uno.

Me decía a mí mismo: esto no es seguramente el cristianismo. Pues toda la imagen que tenía de él era la libertad de tener una botella de whisky en una mano y un bistec en la otra.

El Sermón de la Montaña me demostró mi error. A medida que aumentaba mi contacto con los verdaderos cristianos, es decir, con hombres que vivían para Dios, vi que el Sermón de la Montaña era todo el cristianismo para aquel que quiere vivir una vida cristiana. El Sermón es lo que me ha hecho amar a Jesús.

Leyendo toda la historia de esta vida bajo este aspecto, me parece que el cristianismo está todavía por realizar. En efecto, aunque cantemos: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra”, hoy no hay ni gloria a Dios ni paz en la tierra.

Mientras que esto siga siendo un hambre todavía insatisfecha, y en tanto que no hayamos arrancado de raíz la violencia de nuestra civilización, Cristo no ha nacido todavía. Cuando la paz auténtica se establezca, no necesitamos ya demostración: ella resplandecerá en nuestras vidas, no solamente individuales sino también colectivas.

* * *

Tomado de:
Jean-Marie Muller,
El Evangelio de la No-violencia,
Barcelona: Marova-Fontanella, 1973.