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miércoles, 29 de agosto de 2012

No es el fin del mundo

¿Un diluvio al desamparo de Dios?

Esta novelita de Geraldine McCaughrean parece cándida e inocua en su presentación y temática, pero es una verdadera bomba teológica, una de las críticas religiosas más fuertes e inteligentes que he leído. La presentación de la contraportada la resume así:

«En los tiempos del Diluvio Universal un hombre con su familia creen seguir los designios de Yahvéh al embarcarse en un arca, dejando a su suerte a muchas personas que les piden ayuda para no perecer. Pero su viaje a la salvación se convertirá en un infierno».

Y precisamente esta sinopsis fue la que enganchó para adquirir y leer esta libro, pues aborda el famoso episodio bíblico desde una perspectiva heterodoxa y alternativa, con lo cual la autora ofrece un testimonio de cómo se leen estas historias sin las claves de la hermenéutica religiosa tradicional, por no decir fundamentalista.

Ya de entrada, la novela sorprende al lector porque la historia es contada por “Timna”, la hija de Noé (¿?), la cual irá narrando las aventuras, o mejor dicho desventuras, de la familia a bordo del arca: Noé, Naamá (esposa de Noé), Sem, Cam y Jafet, sus respectivas esposas: Basmat, Sara y Zila, y dos niños que furtivamente logran embarcarse: Kittim y la bebé Adalía.

En este periplo Dios no aparece por ningún lado, el relato da la impresión de que ha abandonado a estos viajeros a su propia suerte, aunque en cierta forma está representado en el personaje de Noé. Éste es retratado como un religioso fanático, autoritario y cruel, que raya en la demencia, el cual no se compadece un ápice por las desgracias de, ya no digamos la humanidad que sucumbe, sino de sus propios vecinos que le piden ayuda para subir al arca y ponerse a salvo. Sus hijos actúan como sus sirvientes sumisos, y sus esposas son unas mujeres desgarbadas y quejumbrosas.

La única persona que tiene un mínimo de sensibilidad es Timna, la cual hace todo lo posible para ayudar a náufragos que se acercan al arca en busca de ayuda. El relato es sumamente acre al describir las ocasiones en que algunos barcos se acercan al arca, Noé y sus tres hijos los rechazan con golpes, palos y maldiciones, hasta mandarlos a la perdición del océano. Pero en uno de esos encuentros Timna logra asir a un niño y un bebé, a quienes pone a salvo escondidos entre las jaulas de los animales.

El preservar a los animales es otro de los problemas que deben librar los tripulantes del arca, trabajo extenuante y de locos, que los lleva a la desesperación. Timna hasta llega a preguntarse por qué querría Dios salvar a unos feos monos en lugar de artesanos, poetas y gente productiva de su ciudad.

El clímax de la novela se alcanza cuando los hermanos de Timna descubren que ésta ha escondido a dos niños en el arca, esto pone de cabeza a la tripulación y lleva a Timna a tomar una decisión trascendental que la alejará para siempre de su familia, pero le permitirá a ella y a “sus niños” comenzar una nueva vida, una nueva humanidad.

El tratamiento de esta historia no debe incomodarnos ni escandalizarnos, pues hay que tomar en cuenta los atrevimientos y las licencias literarias que un autor se toma para crear una obra de ficción, aun cuando su tema sea tenido por sagrado e intocable. Y al ver precisamente más allá de su aspecto formal, podemos descubrir su valor: Geraldine McCaughrean lleva al extremo lo inapropiado (por decirlo de una manera decente) que resulta una interpretación literalista de la Biblia, particularmente de sus partes alegóricas. Una hermenéutica fundamentalista no hace honor al texto sagrado ni mucho menos honor al Dios de la vida y el amor. La Biblia ha de interpretarse a la luz de lo que es este Ser supremo y perfecto, y no definir a este Ser a partir de una estrecha hermenéutica bíblica de un texto que de por sí es polisémico.

El Diluvio Universal es justamente un mito universal, pero no por ello falso, sino que en clave alegórica registra que en un pasado remoto la humanidad sufrió cataclismos que diezmaron su población  y pusieron en peligro su permanencia en este planeta. Pero en medio del caos brilló la esperanza, porque el Creador levantó a “Noé”, nombre que significa: “consuelo”, puesto que consoló al remanente humano, le permitió repoblar la tierra y seguir perviviendo; dejando un hermoso emblema en los cielos: el arco iris, el cual nos recuerda que Dios está con nosotros y que él es amor.

No es el fin del mundo
Geraldine McCaughrean
México: Alfaguara, 2007
239 págs.

lunes, 27 de agosto de 2012

Barrabás

CAUTIVANTE Y LIBERADORA

La novela “Barrabás”, de Par Lagerkvist, me resultó cautivante y liberadora (si se me permite la paradoja), su autor se ganó en 1951 el premio Nobel de Literatura, tan sólo por esa obra, así que chequen el dato, aquí les comparto una probadita del pastel: 

«El procurador (…) examinó en el reverso de la placa la inscripción secreta. “Christos Jesus”, leyó. Sahak y Barrabás se sorprendieron de que 
pudiera leer los signos, descifrar así el sagrado nombre de Dios.

— ¿Quién es? —preguntó.
— Es mi Dios —repuso Sahak con voz algo trémula (…)
— ¿Es el Dios de tu tierra natal?
— No —contestó Sahak—. Es el Dios de todos los hombres.
— ¿De todos los hombres? ¿Qué dices? No está mal (…) Debe de tener entonces cierto poder. Pero ¿en qué lo basa?
— En el amor.
— ¿El amor?... A fe mía, ¿por qué no?
(…) Luego se puso delante de Barrabás y, dando vuelta del mismo modo la placa de este último, preguntó:
— ¿Y tú? ¿Crees tú también en ese Dios de amor?
Barrabás no contestó.
— Habla. ¿Crees en él?
Barrabás meneó negativamente la cabeza.
(…) El romano pareció sorprendido.
— No comprendo —dijo—. ¿Por qué llevas entonces ese “Christos Jesus” grabado en la placa?
— Porque yo quisiera creer —contestó Barrabás, sin alzar la mirada hacia ninguno de los dos.»



BARRABÁS
Par Lagerkvist
Madrid: Ediciones Encuentro, 1994
115 págs.