domingo, 21 de octubre de 2012

El poder del amor

"A quien mucho se perdona..."
Paul Tillich
(Teólogo alemán, 1886-1965)


Uno de los fariseos le rogó que comiera con él y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer que era pecadora, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, tomó un frasco de alabastro lleno de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo, el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, puesto que es una pecadora». Y Jesús le dijo como respuesta: «Simón, tengo algo que decirte». Y él repuso: «Di, Maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no podían pagarle, perdonó a los dos. Entonces, ¿quién de los dos le amará más?» Simón respondió: «Supongo que aquel a quien más perdonó». Él le dijo: «Has juzgado bien». Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Al entrar en tu casa, tú no me diste agua para los pies; ella, en cambio, ha mojado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste un beso; ella, en cambio, desde que entró no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste mi cabeza con aceite; ella, en cambio, ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que le son perdonados sus pecados, que son muchos, porque ha amado mucho; pero a quien poco se perdona, poco ama».
Lucas 7: 36-47.

La narración que acabamos de leer, igual que la parábola del hijo pródigo, es muy característica del evangelio de Lucas. Tanto en ella como en la parábola, se establece un vivo contraste entre alguien, a quien todos e incluso el mismo interesado consideran un gran pecador, y las personas que se tienen por auténticamente justas. En ambos casos, Jesús está del lado del pecador y por ello es criticado: indirectamente por el primogénito en la parábola; directamente por el fariseo justo en este pasaje de Lucas.

No tendríamos que minimizar la significación que entraña esta actitud de Jesús afirmando que, en definitiva, ni los pecadores eran tan inicuos, ni los justos tenían tanta rectitud como creían ellos mismos o los demás. Nada de esta índole nos es dicho ni en esta narración de Lucas ni en la parábola del hijo pródigo. Los pecadores –prostituta la una y amigo de prostitutas el otro– no quedan excusados por unas razones éticas que disminuirían la gravedad de la exigencia moral. Ni quedan excusados por unas motivaciones sociológicas, que eliminarían su responsabilidad personal; ni por un análisis de sus motivos inconscientes, que atenuarían el alcance de sus decisiones conscientes; ni por la universal condición humana, que suprimiría su culpa personal. A los pecadores se les llama pecadores, con toda sencillez y sin restricción alguna. Lo cual no significa que Jesús y los autores del Nuevo Testamento no sean conscientes de los factores psicológicos y sociológicos que determinan la existencia humana. En realidad poseen una aguda conciencia del universal e ineludible dominio que detenta el pecado en el mundo; las diabólicas roturas de que adolece el alma humana y a las que se deben la locura psíquica y la ruina corporal; la miseria económica y espiritual en que viven las masas. Pero el conocimiento de todos esos factores, que tan decisivos han llegado a ser para nuestra concepción de la condición humana, no les impide llamar pecadores a los pecadores. La comprensión no sustituye, en ellos, al juicio. En la actualidad, nosotros comprendemos más y mejor que muchas generaciones que nos han precedido. Pero el conocimiento, inmensamente acrecentado, que ahora poseemos de las condiciones de la existencia humana, no debería socavar nuestro coraje de llamar inicuo a lo que es inicuo. En este relato evangélico y en la parábola del hijo pródigo, es con una absoluta seriedad que a los pecadores se les llama pecadores.

Y, del mismo modo, a los justos se les llama justos. Falsearíamos el espíritu de la narración evangélica si intentásemos demostrar que los justos no son verdaderamente justos. El primogénito de la parábola hizo lo que le correspondía hacer. No creyó haber hecho nada malo, y su padre tampoco se lo dijo. No se pone en duda su rectitud –ni tampoco la de Simón, el fariseo. A éste no se le reprocha su falta de amor a Jesús como una falta de rectitud, sino que se la considera como una consecuencia del hecho de ser poco lo que le ha sido perdonado.

La rectitud de los justos no es fácil de alcanzar. Requiere un gran dominio de sí mismo, una dura disciplina y una constante autovigilancia. Nunca deberíamos menospreciar a los justos. En el cristianismo tradicional, los fariseos se han convertido en el paradigma de todo lo malo, pero en los tiempos evangélicos eran personas piadosas y de acusado celo moral. El conflicto que los enfrentó con Jesús no fue simplemente un conflicto entre rectitud e impostura; fue, sobre todo, el conflicto entre una tradición antigua y sagrada y una realidad nueva que estaba irrumpiendo en ella y la despojaba de su significación última. No fue tan sólo un conflicto moral –fue asimismo un conflicto trágico, que prefiguró la trágica pugna entre el cristianismo y el judaísmo en todas las generaciones posteriores, incluso la nuestra. No olvidemos que los fariseos fueron en su tiempo los guardianes de la ley de Dios.

Podríamos comparar a los fariseos con otros grupos de personas justas, por ejemplo, con un grupo que ha desempeñado un papel decisivo en la historia de este país –los puritanos. Este nombre, como el nombre “fariseo”, indica separación de las impurezas del mundo. Sin duda, los puritanos habrían juzgado la actitud de Jesús con respecto a la prostituta igual que lo hizo Simón el fariseo. Y no deberíamos condenarlos por este juicio ni caricaturizarlos al hablar con ligereza de ellos. Como los fariseos, fueron en su tiempo los guardianes de la ley de Dios.

¿Y qué ocurre ahora, en nuestro tiempo? Se ha dicho, y no de un modo infundado, que las Iglesias protestantes se han convertido en Iglesias de la clase media por la manera según la cual sus miembros suelen interpretar el cristianismo tanto teórica como prácticamente. Esta crítica apunta sobre todo a su activa adhesión a sus confesiones, a su moralidad sólidamente establecida, a sus obras de caridad. Son hombres justos –así por lo menos los habría llamado Jesús– y sin duda se habrían unido a Simón el fariseo y a los puritanos para criticar la actitud de Jesús con respecto a la mujer de nuestra narración. Y de nuevo repito que no deberíamos condenarlos por esto. Los miembros de tales Iglesias consideran con toda seriedad sus obligaciones religiosas y morales. Como los fariseos y puritanos, son los guardianes de la ley de Dios en nuestros días.

Es, pues, con toda seriedad, que Jesús llama pecadores a los pecadores y justos a los justos. Sólo si somos capaces de ver esto claramente, llegaremos a comprender la profundidad y la fuerza revolucionaria que entraña su actitud. Jesús toma partido por el pecador en contra del justo, aunque no duda de la validez de la ley, cuyos guardianes son los justos. Aquí estamos bordeando un misterio, que es el misterio del mensaje cristiano mismo en su paradójica profundidad y en su capacidad de conmocionar y liberar a los hombres. Y al intentar interpretar el relato de Lucas, sólo podemos confiar que lograremos vislumbrarlo.

La actitud que adopta Jesús con respecto a la prostituta deja estupefacto a Simón el fariseo. Y la respuesta que éste recibe es que los pecadores aman con un amor más grande que los justos, porque es más lo que se les ha perdonado. No es el amor de la mujer lo que le procura el perdón, sino que es el perdón recibido lo que crea su amor. Por el amor de que es capaz, la mujer revela que es mucho lo que se le ha perdonado, mientras que la falta de amor del fariseo revela que es poco lo que se le ha perdonado.

Jesús no perdona a la mujer; declara que está perdonada. El estado de ánimo, el éxtasis de amor de la mujer, revela que algo ha acaecido en ella. Y nada mayor puede acaecerle a un ser humano que saberse perdonado. Porque el perdón significa la reconciliación a pesar de la hostilidad; significa la re-unión a pesar de la separación; significa la aceptación de los que son inaceptables; y significa la acogida de los que son rechazados.

El perdón es incondicional o no es perdón. El perdón implica un “a pesar de”, aunque los justos le suponen un “porqué”. Los pecadores, en cambio, no pueden hacer lo que hacen los justos, no pueden transformar el divino “a pesar de” en el humano “porqué”. No pueden mostrar unos hechos por los que deban ser perdonados. El perdón de Dios es incondicional. No existe en el hombre la menor cualidad, en absoluto, que lo haga merecedor del perdón. Si el perdón fuese condicional, si el hombre lo condicionase, nadie podría ser aceptado y nadie podría aceptarse a sí mismo. Sabemos que ésta es nuestra situación, pero aborrecemos enfrentarnos con ella. Como don, el perdón es demasiado grande, y como juicio acerca de nosotros, es demasiado humillante. Queremos contribuir a él con algo, y si llegamos a saber que nuestra contribución no puede consistir en algo positivo, intentamos aportarle por lo menos algo negativo: el sufrimiento que significa acusarnos, rechazarnos a nosotros mismos. Y es entonces cuando leemos esta narración de Lucas y la parábola del hijo pródigo como si ambas significasen: estos pecadores fueron perdonados porque se humillaron y confesaron que eran inaceptables; merecieron el perdón porque su condición pecaminosa les hacía sufrir. Pero si de este modo leemos el relato de la mujer pecadora, nuestra lectura resulta incorrecta y, además, peligrosa. Porque si éste fuese el medio de reconciliarnos con Dios, tendríamos que suscitar en nosotros el sentimiento de la propia indignidad, el dolor que acarrea el desprecio de nosotros mismos, la congoja y el desespero en que nos sume la culpa. Son numerosos los cristianos que intentan provocarse este estado de ánimo, para mostrar así a Dios y a sí mismos que son dignos de ser aceptados. Realizan un esfuerzo emocional para castigarse a sí mismos, en cuanto constatan que sus otras buenas obras no les ayudan. Pero tampoco tales esfuerzos emocionales les aportan la menor ayuda. El perdón de Dios es independiente de todo cuanto hagamos, incluso de la propia acusación y humillación. Si no fuese así, ¿acaso podríamos estar nunca seguros de que el desprecio de nosotros mismos tiene la suficiente entidad para merecer el perdón de Dios? Es el perdón el que suscita nuestro arrepentimiento –tal es lo que nos dice el texto de Lucas y tal es también la experiencia de todos los que han sido perdonados.        

La mujer que hemos visto en casa de Simón acudió a Jesús porque estaba perdonada. No sabemos exactamente lo que la llevó a Jesús. Y si lo supiésemos, descubriríamos ciertamente diversos motivos entremezclados: vivencias tanto de deseo espiritual como de atracción natural, la impresión suscitada tanto por el poder del profeta como por su personalidad humana. El relato de Lucas no psicoanaliza a la mujer, pero tampoco descarta los motivos humanos que podrían ser psicoanalizados. Y los motivos humanos son siempre ambiguos. El perdón divino irrumpe en tales ambigüedades, pero no exige que los hombres dejen de ser ambiguos para que puedan ser perdonados. Si lo exigiera, nunca sobrevendría el perdón. La conducta de aquella mujer muestra claramente la ambigüedad de sus motivos. No obstante, es aceptada.

Ninguna condición nos es exigida para el perdón. Pero el perdón no podría alcanzarnos, si no lo pidiéramos y no lo acogiéramos. El perdón es una respuesta, la divina respuesta a la pregunta implícita en nuestra existencia. Una respuesta sólo es una respuesta para aquel que la ha pedido, para aquel que es consciente de lo que ha preguntado. Y esta conciencia no podemos forjárnosla nosotros. Puede permanecer oculta en un rincón de nuestra alma, cubierta por numerosos estratos de rigor moral. En ciertos momentos, puede surgir a la plena luz de nuestra conciencia. O, día tras día, puede llenar nuestra vida consciente así como sus profundidades inconscientes y conducirnos a la pregunta cuya respuesta es el perdón.

Son numerosas las personas para quienes la palabra “perdón” implica unas connotaciones que contradicen por completo la manera como trata Jesús a la mujer de la narración evangélica. Muchos de nosotros piensan en solemnes actos de indulto, de exención de penas, es decir, en un nuevo acto de bondad y rectitud moral llevado a cabo por los justos. Pero el auténtico perdón es la participación, la re-unión que supera las fuerzas de alienación. Y sólo porque es así, el perdón hace posible el amor. No podemos amar si no hemos aceptado el perdón, y cuanto más profunda sea nuestra experiencia del perdón, mayor será asimismo nuestro amor. No podemos amar allí donde nos sentimos rechazados, ni siquiera si nos rechazan con justicia. Somos hostiles a aquello a lo que pertenecemos y por lo que nos sentimos juzgados, incluso cuando el juicio no se expresa con palabras.

No podemos amar a Dios, mientras nos sintamos rechazados por él, mientras lo veamos como una fuerza opresora, como quien dicta leyes a su antojo, como quien juzga según sus mandamientos, como quien condena según su ira. Pero todo cambia, si hemos recibido y aceptado el mensaje de que Dios está reconciliado. Cual impetuosa corriente, su poder de curación penetra entonces en nosotros; así podemos aceptarlo y, al aceptar a Dios, aceptamos nuestro propio ser, el ser de los demás, de quienes estábamos separados, y la vida como un todo. Entonces nos damos cuenta de que Su amor es la ley de nuestro propio ser, y de que esta ley es la ley del amor que re-une. Y comprendemos que todo cuanto sentíamos como opresión, como juicio y como ira, en realidad es la obra del amor, que intenta destruir en nosotros todo lo que se alza contra el amor. Amar este amor es amar a Dios. Los teólogos han dudado de que el hombre sea capaz de amar a Dios –y han sustituido el amor por la obediencia. Pero este pasaje de Lucas refuta su doctrina. Los teólogos enseñan una teología para justos, pero no una teología para pecadores. El que es perdonado sabe lo que significa amar a Dios.

Y el que ama a Dios, también es capaz de aceptar la vida y amarla. Eso no es lo mismo que amar a Dios. A lo largo de todas las generaciones de los hombres, fueron muchas las personas piadosas para quienes el amor a Dios era la otra vertiente del odio a la vida. Y aún subsiste mucha hostilidad a la vida en todos nosotros, incluso en aquellos que se han entregado totalmente a ella. Nuestra hostilidad a la vida se hace manifiesta en el cinismo y el disgusto, en la amargura y las continuas acusaciones de que la hacemos objeto. Sentimos que la vida nos rechaza, no tanto por su opacidad objetiva, sus amenazas y sus horrores, como por nuestro propio extrañamiento de su poder y significación. Quien se ha re-unido con Dios, con el Fondo creador de la vida, con el poder de la vida que alienta en todo cuanto vive, también se ha re-unido con la vida. Se siente aceptado por ella y puede amarla. Comprende que cuanto mayor es el amor, mayor es la alienación de la que este amor triunfa. A quienes se sienten profundamente hostiles a la vida, quisiera decirles en lenguaje metafórico: La vida os acepta; la vida os ama como una parte separada de sí misma; la vida quiere re-uniros de nuevo con ella; incluso cuando parece que os está destruyendo.           

Existe un sector de la vida, que está más cerca de nosotros que ningún otro, pero que a menudo es el que más se separa de nosotros: los demás seres humanos. Todos sabemos que existen zonas del alma humana en que las cosas aparecen de un modo distinto del que presentan en su tranquila superficie. En tales zonas podemos descubrir ocultas hostilidades contra aquellos a quienes amamos, como podemos descubrirnos atenazados por la envidia y lacerados por la duda de no saber si realmente somos aceptados por ellos. Y tanto la hostilidad como la congoja que suscita en nosotros el sentirnos rechazados por los que nos son más próximos, pueden ocultarse bajo las más diversas formas de amor: bajo la amistad, el amor sensual, el amor conyugal y familiar. Pero esta congoja queda domeñada, aunque no eliminada, si tenemos experiencia de lo que es saberse últimamente aceptados. Entonces podemos amar sin estar seguros de la correspondencia amorosa del otro. Pues entonces sabemos que también el otro está anhelando que lo aceptemos, como nosotros anhelamos que él nos acepte, y que a la luz de la aceptación última, de hecho ya estamos unidos.          

Quien es últimamente aceptado, también puede aceptarse a sí mismo. Ser perdonado y ser capaz de aceptarse a sí mismo es exactamente lo mismo. Nadie puede aceptarse a sí mismo si no se siente aceptado por un poder de aceptación que es mayor que él, mayor que sus amigos, sus consejeros y sus orientadores psicológicos. Todos estos representan quizás el poder de aceptación, y la función del sacerdote estriba ciertamente en representarlo. Pero tanto el sacerdote como los demás necesitan a su vez el poder de aceptación que es mayor que ellos. La mujer de nuestra narración evangélica nunca habría podido vencer la aversión que le inspiraba su propio ser, de no haber experimentado este poder que actuaba a través de Jesús cuando éste le dijo con autoridad: “Estás perdonada”. Así, pues, por lo menos en un momento de éxtasis de su vida, aquella mujer tuvo una experiencia concreta del poder que la re-unía consigo misma y que le daba la posibilidad de amar incluso su propio destino.

Aquel fue un gran momento de su vida –aunque no por eso constituye una excepción aquella mujer. Las experiencias espirituales decisivas suelen presentarse como una irrupción. En medio de nuestros fútiles intentos por hacernos dignos del perdón, cuando el inevitable fracaso de tales intentos nos sume en el desespero, nos sentimos de pronto embargados por la certidumbre de que somos perdonados y el fuego del amor empieza entonces a arder en nosotros. No cabe una mayor experiencia que ésa. Quizá no se da con frecuencia, pero cuando surge, esta experiencia lo decide y lo transforma todo.

Y ahora, consideremos de nuevo aquellos a quienes hemos descrito como justos. Son realmente justos. No obstante, siendo poco lo que se les perdona, poco es asimismo su amor. Tal es su iniquidad. No se sitúa esa iniquidad en el nivel moral –como tampoco la iniquidad de Job yacía en el nivel moral donde en vano la buscaban sus amigos. Es la iniquidad que radica al nivel del encuentro con la realidad última, con el Dios que vindica la rectitud de Job contra los ataques de sus amigos, con el Dios que se defiende a Sí mismo contra los ataques de Job y su iniquidad última. La rectitud de los justos es rígida y segura de sí misma. También ellos quieren alcanzar el perdón, pero están convencidos de que apenas lo necesitan. Por eso sus actos, a pesar de ser justos, sólo entrañan el rescoldo de un menguado amor. No habrían podido ayudar a la mujer de nuestra narración, y tampoco podrían ayudarnos a nosotros, aunque les admirásemos. ¿Por qué son tantos los hijos que se apartan de sus padres, tantos los maridos que se apartan de sus esposas –y recíprocamente–, si estos padres y estas esposas son justos? ¿Por qué numerosos cristianos se alejan de sus pastores que son justos? ¿Por qué es tanta la gente que rehúye la compañía de las personas justas? ¿Por qué son legión los que huyen de un cristianismo que sólo es justo, y huyen asimismo del Jesús que este cristianismo describe y del Dios que este cristianismo proclama? ¿Y por qué se vuelven, en cambio, hacia aquellos que no son considerados justos? A menudo, ciertamente, porque quieren eludir todo juicio. Pero, más a menudo, porque buscan un amor que se enraíce en el perdón, y este amor no lo pueden dar los justos. Muchos de aquellos hacia los que se vuelven tampoco pueden darlo. Jesús, en cambio, otorgó este amor a una mujer que era radicalmente inaceptable. Si la Iglesia hiciera eso mismo, si se uniese a Jesús –y no a Simón– cuando tropieza con aquellos que en justicia son considerados inaceptables, sería la Iglesia de Cristo en mucha mayor medida de lo que lo es ahora. Y cada uno de nosotros, que con tanto ahínco tratamos de ser justos, seríamos más cristianos si más nos fuese perdonado, si amásemos más y si pudiésemos resistir mejor la tentación de creernos aceptables por Dios en méritos de nuestra propia rectitud.

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Sermón tomado de:
Paul Tillich,
El Nuevo Ser,
Barcelona: Ed. Ariel, 1973,
pp. 11-23.



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